Creía que mi ego era un príncipe y fue grande la desilusión cuando me dí cuenta que era un sapo.
Antes, lo primero que hacía al conocer personas nuevas era un repaso de características del otro y me comparaba en cada una, poniéndome por debajo o por arriba. Cuando yo estaba arriba desvalorizaba al otro y perdía la oportunidad de conectarme, y cuando yo quedaba abajo idealizaba al otro y perdía la oportunidad de conocerlo. Temía que otros actuaran igual que yo: entonces me minizaba para que no me envidiara y me la creía para que no me criticaran... de esta forma, lo que mejor lograba era quedar completamente confundida. Estaba aferrada a la ilusión del control y mi autoestima estaba atada a los logros. Me autogeneraba problemas y luego alardeaba de mis hablidades para resolverlos. Me ponía a prueba, me autoevaluaba, me exigía y me quería transformar como si fuese una muñeca de plastilina.
Con el tiempo me fui dando cuenta que mi ego como príncipe deja mucho que desear pero como sapo está bastante bien. Se infla cuando quiere lucir especial y se rodea de una capa protectora cuando se siente en riesgo... igual que el sapo cuando tiene miedo, para impresionar y sentirse a salvo. Cuando está tranquilo, simplemente observa y está alerta: cuando hay algo de conocimiento que como un mosquito revolotea cerca, se queda quieto esperando el momento justo para hacerlo parte de sí.
Y ahora tengo la esperanza que, algún día, voy a besar al sapo con amor incondicional y me voy a descubir príncipe. Uno que habita por igual en cada persona y no hace hermanos.
Antes, lo primero que hacía al conocer personas nuevas era un repaso de características del otro y me comparaba en cada una, poniéndome por debajo o por arriba. Cuando yo estaba arriba desvalorizaba al otro y perdía la oportunidad de conectarme, y cuando yo quedaba abajo idealizaba al otro y perdía la oportunidad de conocerlo. Temía que otros actuaran igual que yo: entonces me minizaba para que no me envidiara y me la creía para que no me criticaran... de esta forma, lo que mejor lograba era quedar completamente confundida. Estaba aferrada a la ilusión del control y mi autoestima estaba atada a los logros. Me autogeneraba problemas y luego alardeaba de mis hablidades para resolverlos. Me ponía a prueba, me autoevaluaba, me exigía y me quería transformar como si fuese una muñeca de plastilina.
Con el tiempo me fui dando cuenta que mi ego como príncipe deja mucho que desear pero como sapo está bastante bien. Se infla cuando quiere lucir especial y se rodea de una capa protectora cuando se siente en riesgo... igual que el sapo cuando tiene miedo, para impresionar y sentirse a salvo. Cuando está tranquilo, simplemente observa y está alerta: cuando hay algo de conocimiento que como un mosquito revolotea cerca, se queda quieto esperando el momento justo para hacerlo parte de sí.
Y ahora tengo la esperanza que, algún día, voy a besar al sapo con amor incondicional y me voy a descubir príncipe. Uno que habita por igual en cada persona y no hace hermanos.
Ingrid, 35 años
Cita
Hay también un aspecto positivo del ego. El ego te impulsa a trabajar. Una persona hará su trabajo tanto motivado por el ego como por la compasión. La mayor parte del trabajo en la sociedad se hace por el ego. Pero en satsang, el trabajo se hace a partir del amor. El ego es separación, no-pertenencia. Desea demostrar y poseer. Cuando despiertas y tomas conciencia, el ego se disuelve porque te das cuenta que no hay nada que probar ni nada que poseer.
Hay también un aspecto positivo del ego. El ego te impulsa a trabajar. Una persona hará su trabajo tanto motivado por el ego como por la compasión. La mayor parte del trabajo en la sociedad se hace por el ego. Pero en satsang, el trabajo se hace a partir del amor. El ego es separación, no-pertenencia. Desea demostrar y poseer. Cuando despiertas y tomas conciencia, el ego se disuelve porque te das cuenta que no hay nada que probar ni nada que poseer.
Celebrando el silencio, página 58
